CAPÍTULO 10
Capítulo subido a petición de mi Mandrágora Dominguera preferida, que además está de cumple. ¡FELICIDADES PRECIOSA!
Espero que os guste.
CAPÍTULO 10: Another day of my life...
Abrí lentamente los ojos y un pensamiento se cruzó por mi mente: no volver a quedarme dormida en el sofá, por mucho sueño que tuviese.
Estuve un rato intentando despabilarme y recolocar la carraca que ahora tenía por cuello, observando el interesantísimo techo, organizando mentalmente mi día y planeando algo divertido para hacer; me distrajo el estridente sonido del teléfono, que se encontraba en el extremo opuesto de la sala y me levanté a cogerlo más que nada para que dejase de sonar.
- ¿Dígame? - silencio - ¿Hola?
Nada. Le dediqué una mirada al auricular como si así fuese a obtener respuesta y volví a colgar, regresando a mi sitio en el sillón. Pocos segundos después sonó de nuevo y esta vez respondí algo brusca, no obstante me acababa de despertar y tenía cero ganas de hablar.
- ¿Diga?
- Buenos días a ti también, eh - dijo una voz al otro lado - vaya maneras de saludar.
- Lo siento, sabes que tengo mal despertar y que hasta que no pasa una hora o más no soy persona. Para remate acaban de llamar y no contestaba nadie.
- ¿En serio que no tienes ganas de hablar? Porque acabas de soltarlo todo del tirón - rió. Rodé los ojos y me levanté camino a la cocina, a prepararme el mismo desayuno de siempre.
- ¿Querías algo? - pregunté y fue al grano.
- Si. ¿Te importaría llamar a Harry y decirle que igual no puedo ir a comer? Es que tengo cosas que hacer y no sé cuanto voy a tardar pero que seguro que para esta tarde estaré libre.
- Vale pero ¿acaso no estás con ellos?
- ¿Eh? Pues no - pude reconocer por su tono de voz que iba andando y se escuchaba ruido de tráfico.
- ¿Y por qué no les llamas?
- Porque mi móvil me vacila y se apaga cuando le apetece. Por eso antes no te he podido contestar y... me temo que tengo que dejarte ya, mucho es que he podido llamarte.
- Está bien Dougie, no te preocupes. Ahora llamo a Harry y se lo digo.
- Gracias. Y perdón por lo de antes.
Fui a responderle pero la llamada se cortó en ese momento, así que marqué el número del otro integrante de McFly que habitaba en esa casa y esperé a que respondiese.
- ¿Qué has quemado esta vez? - preguntó Harry antes de saludar siquiera.
- Ahora nada, listillo - miré instintivamente al microondas cuando respondí. La noche anterior, intentando calentar la cena (que había llegado fría) uno de los canelones con síndrome de palomita de maíz reventó y manchó el interior del aparato, generando una "insignificante" nube de humo que sumió la cocina en un intenso olor a queso y tomate durante un buen rato. Con todo y con eso conseguí salvar el resto de la cena.
No sé si os habéis dado cuenta pero ninguno nos saludamos en condiciones pues ya se había vuelto costumbre no saludarnos a la manera tradicional.
Le trasladé a Harry el mensaje de Dougie y contestó:
- Déjale, que haga lo que le salga de las pelotas - en un tono un tanto escalofriante. Y colgó. Igual eran imaginaciones mías pero parecía como si le diese igual lo que hiciese el rubio.
Era la segunda vez en menos de media hora que me dejaban con la palabra en la boca. El silencio reinaba en la estancia mientras una bola de estepa cruzaba la cocina de este a oeste con total parsimonia; a lo lejos se escuchaba el canto de un grillo.
Acabé mi desayuno y subí a mi habitación a distraerme un rato en el ordenador, revisando mis redes sociales y demás pero no me extrañó que no hubiese nadie conectado a las 10 de la mañana y en vacaciones, por lo que cogí uno de los pocos libros que tenía - y uno de mis favoritos - y bajé al jardín a leer; paseaba a medida que avanzaba la lectura y ocupé uno de los sillones de cáñamo que había en el cenador cuando me cansé de estar de pie. Abandoné el mundo real durante unas horas para adentrarme en uno mejor, dejando volar la imaginación y el espíritu hasta un sombrío castillo en algún lugar de la vieja Europa, recorriendo largos e inhóspitos pasillos de fría piedra; sintiéndome observada aún siendo consciente de que era pura ficción.
Casi tres horas después di por concluido mi momento de relax, en parte se debía a que la temperatura era demasiado cálida para estar en Londres y a que los fuertes rayos del sol se filtraban por las filigranas del tejadillo del cenador impactando directamente contra mi cara, haciendo que me llorasen los ojos.
Regresé dentro de casa y me quedé petrificada cuando quise subir las escaleras: allí parado se encontraba el mismísimo David, enfundado en una preciosa camisa en tonos celestes que resaltaba aún más el color de sus atrayentes ojos, capaces de reducir a pedazos la roca más consistente. Debería estar acostumbrada al hecho de cruzarme con él cada dos por tres pero cada encuentro superaba al anterior con creces, provocando un ensimismamiento por mi parte aún siendo familia mía.
- A ti te estaba yo buscando - dijo Harry cuando advirtió mi presencia, señalándome de forma amenazadora con el dedo índice mientras hablaba como si fuese la bruja vieja de Blancanieves.
- Yo no he sido - contesté rápido y le cambió la cara a #modopadreenfadadoOn.
- ¿"Tú no has sido" de que?
- ¿Eh? Ah, no se, es lo que se suele decir ¿no?
Nos quedamos un segundo en silencio y después regresamos a la Tierra.
- Bueno, a lo que iba. Tom nos ha invitado a comer en su casa y me ha pedido que te lleve conmigo.
- Ahm. ¿Y a qué hora tenemos que estar allí? Lo digo porque iba a ducharme...
- Pues ha dicho que sobre las dos más o menos - miró el reloj de pared que había en el salón - así que date prisa porque no le gusta que le hagan esperar.
- Enseguida jefe - hice el típico saludo militar y subí en dirección a mi cuarto.
Media hora después ya estaba lista para irnos, nos montamos en el coche y pusimos rumbo a casa de Tom. Me pasé todo el trayecto cantando las canciones que ponían en la radio, inventando la letra de las que no conocía bien y echando a perder las que más o menos sí sabía. Harry se reía de mí por como cantaba, cosa que no entendí pues él tampoco es que tuviese una voz prodigiosa. Aparcó frente a una casa que yo conocía bien pese a no haber estado nunca en ella, gracias a los videos que ellos mismos habían hecho recorriendo cada estancia. Llamamos al timbre y esperamos a que nos abriesen mientras el drummer me hacía de rabiar recordando la bromita de la noche anterior sobre los enanos, insinuando que sería un buen objeto de decoración del jardín de Fletcher. La puerta se abrió cuando intenté colgarme de su espalda y asestarle un mamporro en la cabeza pero siempre se me adelantaba y conseguía detener mis intenciones a tiempo, generando con ello una situación un tanto ridícula en la que yo era el títere y el quien movía los hilos.
Una chica morena, de dulces rasgos y ojos color chocolate, observaba aquella escena desde su lado de la puerta con una tímida sonrisa que dejaba entrever una bonita y cuidada dentadura. Yo también sonreí pero ni de lejos mi sonrisa se parecía a la suya. Harry y yo recobramos la compostura y, tras hacer las pertinentes salutaciones, nos adentramos en la morada de la pareja más perfecta que jamás se haya visto en ningún continente.
Una cabeza rubia asomó por la puerta de la cocina cuando nos oyó entrar, seguida de un cuerpo enfundado en un delantal (un tanto irrisorio), y también sonrió.
- Bueno, ¿qué pasa con las presentaciones? - preguntó Danny, que había hecho acto de presencia por las escaleras justo cuando Tom avisó de que la comida estaría lista en unos minutos - Vaya anfitrión que estás hecho, Fletcher.
- Ñañañaña - Tom hizo burla a Danny, que respondió de la misma forma como si de dos críos chicos se tratasen - No se me ha olvidado, listo. Pero si queréis comer algo decente tendré que vigilar los fuegos, digo yo.
- Vale, pues vuelve a tu puesto de trabajo y termina, que tengo hambre. Ya hago yo los honores.
- Pero mira que eres... àosdjheuipsa... - y haciendo caso omiso a lo que su pecoso amigo le decía, procedió a presentarme a la chica que nos había abierto la puerta - No sé si os acordaréis la una de la otra pero... Gi, ella es Elizabeth, la chica de la que te hablé, prima de este mendrugo - señaló a Haroldo, que fue a sentarse en la encimera de mármol - y amiga nuestra.
- Encantada - dijimos a la vez, depositando un beso en la mejilla de la otra.
- Oye, pensándolo bien - añadió Jones, cavilando en voz alta - es una tontería que las presentes, si Elizabeth ya conocía a Gi. Aunque no personalmente claro. Ah no, ¡si se conocieron hace tiempo!...
- ¿Danny? - cortó Harry.
- Dime.
- Podrías hacer caso a Dougie y callarte un mes, ¿a que sí?
- ¿A que no? - cortó Tom - ¿Quién grabaría sus partes en el disco? ¿Tú?
- Sabes que si tengo que hacerlo, lo hago -respondió el ego de Harry - y mejor que él seguro.
Gio y yo asistíamos en silencio a esa pequeña discusión a tres bandas pero yo no pude aguantarme la risa cuando Harry dijo eso último y recordar lo que había dicho sobre mí en el coche. No quise decir lo que estaba pensando, más que nada por mi propia seguridad pues no llevaba muy bien que le llevasen la contraria.
Por fin nos sentamos a comer, en relativa armonía, toda la armonía que se podía tener si los chicos hablaban en un tono bastante elevado, pese a que Tom trataba de poner paz entre Junes, que estaban uno frente al otro y parecía que hubiese un abismo entre ellos; yo respondía a las preguntas que me hacían de vez en cuando y hablaba con Gio, que se interesó por cómo me encontraba en la ciudad, a pesar de llevar poco tiempo en ella.
- La verdad es que no salgo mucho - respondí cuando me preguntó si había algún sitio que me llamase especialmente la atención - pero me gustaría ver el valle de Nottin en carnavales, al parecer es a finales de mes y tengo curiosidad.
- Pues podríamos ir juntos a verlo -respondió ella sonriendo - ¿a que si, Tom?
- ¿A que si que? - contestó este, oculto detrás de la servilleta para protegerse del trozo de pan que acababa de lanzarle Harry por error.
- Lo tomaremos como un sí - dijo Gio, y volvimos a nuestro mini interrogatorio sobre mí.
Varias horas después, solo estábamos ella y yo en esa casa ya que los chicos habían ido a la radio a grabar una entrevista que se emitiría al día siguiente.
El timbre sonó, interrumpiendo la conversación que manteníamos sobre la película que veíamos, o que más bien criticábamos, y ella fue a abrir. Regresó al salón acompañada de una chica más alta, rubia, de ojos azules, vestida de forma sencilla pero con un halo de perfección rodeándola. Gio imitó a Tom con eso de las presentaciones - aunque por mi parte también sobraban - y Geo se unió a nosotras, pero no para criticar la película. Durante un momento me mantuve un poco al margen de la charla porque hablaban de cosas suyas y yo no me enteraba de nada. Sinceramente, me encontraba un tanto incómoda y me excusé alegando que tenía que ir al baño. Quizás tardé algo más de lo estrictamente necesario pero gracias a dios, cuando volví a entrar donde se encontraban, las cosas cambiaron un poco y pude integrarme en lo fuese que estaban diciendo.
Los temas variaban entre sus trabajos y mi monótona vida, tanto aquí como en España; los planes que ambas tenían para ese fin de semana y lo que yo pensaba hacer (básicamente nada); estaba claro que mucho no encajaba, pese a que hiciesen lo posible por que no me sintiese mal. Poco a poco, y sin saber en qué punto llegamos a eso, fuimos dándonos cuenta que teníamos cosas en común, la plática se fue amenizando y esa sensación de "lejanía" que tuve al principio fue mermando hasta casi desaparecer.
En líneas generales estaba siendo una gran tarde junto a las novias de dos de mis nuevos amigos.
Poco después de que cayese la noche oímos la puerta principal de abrirse y cuatro locos, que venían pegando berridos como si estuviesen en la jungla, hicieron acto de presencia asomando la cabeza al salón lo justo para saludar e ir derechos a la cocina. Él único que se detuvo a saludar con calma fue el dueño de aquella casa, antes de seguir a los otros tres a la cocina e instarles a que se quitasen los zapatos, bajo amenaza de soltar a los gatos y lanzar contra ellos toda clase de maldiciones imperdonables. Las carcajadas que siguieron a su petición fueron una buena señal de que no le harían caso. Maldiciones imperdonables no, pero un pequeño "castigo" si que les cayó: hacer la cena entre los tres, siendo supervisados por mamá Tom, que temía por su preciada cocina cada vez que esos tres se juntaban en ella. La cena siguió más o menos la misma temática que la comida salvo que ahora teníamos un comensal más - cierto rubio de ojos verdes que ocupaba un asiento junto a mí y al que no había visto el pelo en dos días - y que ahora bromeaba como si le fuese la vida en ello. Pero no todo podía que ser jauja y ese momento llegó a su fin cuando Judd nos obligó a Poynter y a mí a abandonar aquella casa porque él tenía sueño y no quería conducir en ese estado, con lo cual le tocaría al bajista hacer de chofer. Sin opción a réplica nos despedimos de los allí congregados y partimos rumbo a nuestra morada a las afueras de la ciudad.
* * *
Unos leves toques en mi puerta me distrajeron de mi lectura.
- ¿Se puede? - preguntó Dougie entrando en mi cuarto - Hay una carta para ti.
- ¿Para mí? - me incorporé en la cama y tomé el sobre que me tendía - ¿De quién? Si no conozco a nadie aquí a parte de vosotros.
- No lo sé, estaba encima de la mesa de la cocina.
- Ahm. Pues gracias.
- No hay de qué - sonrió y antes de volverse hacia la puerta dijo - Buenas noches.
- Espera - le detuve. No sé porqué dije eso pero desde que hablé con él esa mañana sentía que debía solucionar una cosa y no quería dejarlo pasar más tiempo - ¿Podemos hablar? - dije antes de que se fuese.
- Claro.
Le invité a sentarse, acercó el cojín enorme que actuaba como sillón hinchable a mi cama y esperó a que yo empezase a hablar.
