Release the fire in your soul...

Release the fire in your soul...

Hay personas que llegan a nuestro corazón solo para ser un recuerdo más en nuestras vidas.

CAPÍTULO 10

Capítulo subido a petición de mi Mandrágora Dominguera preferida, que además está de cumple. ¡FELICIDADES PRECIOSA!

Espero que os guste.

 

CAPÍTULO 10: Another day of my life...

 

Abrí lentamente los ojos y un pensamiento se cruzó por mi mente: no volver a quedarme dormida en el sofá, por mucho sueño que tuviese.


Estuve un rato intentando despabilarme y recolocar la carraca que ahora tenía por cuello, observando el interesantísimo techo, organizando mentalmente mi día y planeando algo divertido para hacer; me distrajo el estridente sonido del teléfono, que se encontraba en el extremo opuesto de la sala y me levanté a cogerlo más que nada para que dejase de sonar.

- ¿Dígame? - silencio - ¿Hola?


Nada. Le dediqué una mirada al auricular como si así fuese a obtener respuesta y volví a colgar, regresando a mi sitio en el sillón. Pocos segundos después sonó de nuevo y esta vez respondí algo brusca, no obstante me acababa de despertar y tenía cero ganas de hablar.

- ¿Diga?

- Buenos días a ti también, eh - dijo una voz al otro lado - vaya maneras de saludar.

- Lo siento, sabes que tengo mal despertar y que hasta que no pasa una hora o más no soy persona. Para remate acaban de llamar y no contestaba nadie.

- ¿En serio que no tienes ganas de hablar? Porque acabas de soltarlo todo del tirón - rió. Rodé los ojos y me levanté camino a la cocina, a prepararme el mismo desayuno de siempre.

- ¿Querías algo? - pregunté y fue al grano.

- Si. ¿Te importaría llamar a Harry y decirle que igual no puedo ir a comer? Es que tengo cosas que hacer y no sé cuanto voy a tardar pero que seguro que para esta tarde estaré libre.

- Vale pero ¿acaso no estás con ellos?

- ¿Eh? Pues no - pude reconocer por su tono de voz que iba andando y se escuchaba ruido de tráfico.

- ¿Y por qué no les llamas?

- Porque mi móvil me vacila y se apaga cuando le apetece. Por eso antes no te he podido contestar y... me temo que tengo que dejarte ya, mucho es que he podido llamarte.

- Está bien Dougie, no te preocupes. Ahora llamo a Harry y se lo digo.

- Gracias. Y perdón por lo de antes.


Fui a responderle pero la llamada se cortó en ese momento, así que marqué el número del otro integrante de McFly que habitaba en esa casa y esperé a que respondiese.

- ¿Qué has quemado esta vez? - preguntó Harry antes de saludar siquiera.

- Ahora nada, listillo - miré instintivamente al microondas cuando respondí. La noche anterior, intentando calentar la cena (que había llegado fría) uno de los canelones con síndrome de palomita de maíz reventó y manchó el interior del aparato, generando una "insignificante" nube de humo que sumió la cocina en un intenso olor a queso y tomate durante un buen rato. Con todo y con eso conseguí salvar el resto de la cena.


No sé si os habéis dado cuenta pero ninguno nos saludamos en condiciones pues ya se había vuelto costumbre no saludarnos a la manera tradicional.

Le trasladé a Harry el mensaje de Dougie y contestó:

- Déjale, que haga lo que le salga de las pelotas - en un tono un tanto escalofriante. Y colgó. Igual eran imaginaciones mías pero parecía como si le diese igual lo que hiciese el rubio.

Era la segunda vez en menos de media hora que me dejaban con la palabra en la boca. El silencio reinaba en la estancia mientras una bola de estepa cruzaba la cocina de este a oeste con total parsimonia; a lo lejos se escuchaba el canto de un grillo.


Acabé mi desayuno y subí a mi habitación a distraerme un rato en el ordenador, revisando mis redes sociales y demás pero no me extrañó que no hubiese nadie conectado a las 10 de la mañana y en vacaciones, por lo que cogí uno de los pocos libros que tenía - y uno de mis favoritos - y bajé al jardín a leer; paseaba a medida que avanzaba la lectura y ocupé uno de los sillones de cáñamo que había en el cenador cuando me cansé de estar de pie. Abandoné el mundo real durante unas horas para adentrarme en uno mejor, dejando volar la imaginación y el espíritu hasta un sombrío castillo en algún lugar de la vieja Europa, recorriendo largos e inhóspitos pasillos de fría piedra; sintiéndome observada aún siendo consciente de que era pura ficción.


Casi tres horas después di por concluido mi momento de relax, en parte se debía a que la temperatura era demasiado cálida para estar en Londres y a que los fuertes rayos del sol se filtraban por las filigranas del tejadillo del cenador impactando directamente contra mi cara, haciendo que me llorasen los ojos.

Regresé dentro de casa y me quedé petrificada cuando quise subir las escaleras: allí parado se encontraba el mismísimo David, enfundado en una preciosa camisa en tonos celestes que resaltaba aún más el color de sus atrayentes ojos, capaces de reducir a pedazos la roca más consistente. Debería estar acostumbrada al hecho de cruzarme con él cada dos por tres pero cada encuentro superaba al anterior con creces, provocando un ensimismamiento por mi parte aún siendo familia mía.

- A ti te estaba yo buscando - dijo Harry cuando advirtió mi presencia, señalándome de forma amenazadora con el dedo índice mientras hablaba como si fuese la bruja vieja de Blancanieves.

- Yo no he sido - contesté rápido y le cambió la cara a #modopadreenfadadoOn.

- ¿"Tú no has sido" de que?

- ¿Eh? Ah, no se, es lo que se suele decir ¿no?


Nos quedamos un segundo en silencio y después regresamos a la Tierra.


- Bueno, a lo que iba. Tom nos ha invitado a comer en su casa y me ha pedido que te lleve conmigo.

- Ahm. ¿Y a qué hora tenemos que estar allí? Lo digo porque iba a ducharme...

- Pues ha dicho que sobre las dos más o menos - miró el reloj de pared que había en el salón - así que date prisa porque no le gusta que le hagan esperar.

- Enseguida jefe - hice el típico saludo militar y subí en dirección a mi cuarto.


Media hora después ya estaba lista para irnos, nos montamos en el coche y pusimos rumbo a casa de Tom. Me pasé todo el trayecto cantando las canciones que ponían en la radio, inventando la letra de las que no conocía bien y echando a perder las que más o menos sí sabía. Harry se reía de mí por como cantaba, cosa que no entendí pues él tampoco es que tuviese una voz prodigiosa. Aparcó frente a una casa que yo conocía bien pese a  no haber estado nunca en ella, gracias a los videos que ellos mismos habían hecho recorriendo cada estancia. Llamamos al timbre y esperamos a que nos abriesen mientras el drummer me hacía de rabiar recordando la bromita de la noche anterior sobre los enanos, insinuando que sería un buen objeto de decoración del jardín de Fletcher. La puerta se abrió cuando intenté colgarme de su espalda y asestarle un mamporro en la cabeza pero siempre se me adelantaba y conseguía detener mis intenciones a tiempo, generando con ello una situación un tanto ridícula en la que yo era el títere y el quien movía los hilos.

Una chica morena, de dulces rasgos y ojos color chocolate, observaba aquella escena desde su lado de la puerta con una tímida sonrisa que dejaba entrever una bonita y cuidada dentadura. Yo también sonreí pero ni de lejos mi sonrisa se parecía a la suya. Harry y yo recobramos la compostura y, tras hacer las pertinentes salutaciones, nos adentramos en la morada de la pareja más perfecta que jamás se haya visto en ningún continente.


Una cabeza rubia asomó por la puerta de la cocina cuando nos oyó entrar, seguida de un cuerpo enfundado en un delantal (un tanto irrisorio), y también sonrió.

- Bueno, ¿qué pasa con las presentaciones? - preguntó Danny, que había hecho acto de presencia por las escaleras justo cuando Tom avisó de que la comida estaría lista en unos minutos - Vaya anfitrión que estás hecho, Fletcher.

- Ñañañaña - Tom hizo burla a Danny, que respondió de la misma forma como si de dos críos chicos se tratasen - No se me ha olvidado, listo. Pero si queréis comer algo decente tendré que vigilar los fuegos, digo yo.

- Vale, pues vuelve a tu puesto de trabajo y termina, que tengo hambre. Ya hago yo los honores.

- Pero mira que eres... àosdjheuipsa... - y haciendo caso omiso a lo que su pecoso amigo le decía, procedió a presentarme a la chica que nos había abierto la puerta - No sé si os acordaréis la una de la otra pero... Gi, ella es Elizabeth, la chica de la que te hablé, prima de este mendrugo - señaló a Haroldo, que fue a sentarse en la encimera de mármol - y amiga nuestra.

- Encantada - dijimos a la vez, depositando un beso en la mejilla de la otra.

- Oye, pensándolo bien - añadió Jones, cavilando en voz alta - es una tontería que las presentes, si Elizabeth ya conocía a Gi. Aunque no personalmente claro. Ah no, ¡si se conocieron hace tiempo!...

- ¿Danny? - cortó Harry.

- Dime.

- Podrías hacer caso a Dougie y callarte un mes, ¿a que sí?

- ¿A que no? - cortó Tom - ¿Quién grabaría sus partes en el disco? ¿Tú?

- Sabes que si tengo que hacerlo, lo hago -respondió el ego de Harry - y mejor que él seguro.

Gio y yo asistíamos en silencio a esa pequeña discusión a tres bandas pero yo no pude aguantarme la risa cuando Harry dijo eso último y recordar lo que había dicho sobre mí en el coche. No quise decir lo que estaba pensando, más que nada por mi propia seguridad pues no llevaba muy bien que le llevasen la contraria.


Por fin nos sentamos a comer, en relativa armonía, toda la armonía que se podía tener si los chicos hablaban en un tono bastante elevado, pese a que Tom trataba de poner paz entre Junes, que estaban uno frente al otro y parecía que hubiese un abismo entre ellos; yo respondía a las preguntas que me hacían de vez en cuando y hablaba con Gio, que se interesó por cómo me encontraba en la ciudad, a pesar de llevar poco tiempo en ella.

- La verdad es que no salgo mucho - respondí cuando me preguntó si había algún sitio que me llamase especialmente la atención - pero me gustaría ver el valle de Nottin en carnavales, al parecer es a finales de mes y tengo curiosidad.

- Pues podríamos ir juntos a verlo -respondió ella sonriendo - ¿a que si, Tom?

- ¿A que si que? - contestó este, oculto detrás de la servilleta para protegerse del trozo de pan que acababa de lanzarle Harry por error.

- Lo tomaremos como un sí - dijo Gio, y volvimos a nuestro mini interrogatorio sobre mí.


Varias horas después, solo estábamos ella y yo en esa casa ya que los chicos habían ido a la radio a grabar una entrevista que se emitiría al día siguiente.


El timbre sonó, interrumpiendo la conversación que manteníamos sobre la película que veíamos, o que más bien criticábamos, y ella fue a abrir. Regresó al salón acompañada de una chica más alta, rubia, de ojos azules, vestida de forma sencilla pero con un halo de perfección rodeándola. Gio imitó a Tom con eso de las presentaciones - aunque por mi parte también sobraban - y Geo se unió a nosotras, pero no para criticar la película. Durante un momento me mantuve un poco al margen de la charla porque hablaban de cosas suyas y yo no me enteraba de nada. Sinceramente, me encontraba un tanto incómoda y me excusé alegando que tenía que ir al baño. Quizás tardé algo más de lo estrictamente necesario pero gracias a dios, cuando volví a entrar donde se encontraban, las cosas cambiaron un poco y pude integrarme en lo fuese que estaban diciendo.


Los temas variaban entre sus trabajos y mi monótona vida, tanto aquí como en España; los planes que ambas tenían para ese fin de semana y lo que yo pensaba hacer (básicamente nada); estaba claro que mucho no encajaba, pese a que hiciesen lo posible por que no me sintiese mal. Poco a poco, y sin saber en qué punto llegamos a eso, fuimos dándonos cuenta que teníamos cosas en común, la plática se fue amenizando y esa sensación de "lejanía" que tuve al principio fue mermando hasta casi desaparecer.

En líneas generales estaba siendo una gran tarde junto a las novias de dos de mis nuevos amigos.


Poco después de que cayese la noche oímos la puerta principal de abrirse y cuatro locos, que venían pegando berridos como si estuviesen en la jungla, hicieron acto de presencia asomando la cabeza al salón lo justo para saludar e ir derechos a la cocina. Él único que se detuvo a saludar con calma fue el dueño de aquella casa, antes de seguir a los otros tres a la cocina e instarles a que se quitasen los zapatos, bajo amenaza de soltar a los gatos y lanzar contra ellos toda clase de maldiciones imperdonables. Las carcajadas que siguieron a su petición fueron una buena señal de que no le harían caso. Maldiciones imperdonables no, pero un pequeño "castigo" si que les cayó: hacer la cena entre los tres, siendo supervisados por mamá Tom, que temía por su preciada cocina cada vez que esos tres se juntaban en ella. La cena siguió más o menos la misma temática que la comida salvo que ahora teníamos un comensal más - cierto rubio de ojos verdes que ocupaba un asiento junto a mí y al que no había visto el pelo en dos días - y que ahora bromeaba como si le fuese la vida en ello. Pero no todo podía que ser jauja y ese momento llegó a su fin cuando Judd nos obligó a Poynter y a mí a abandonar aquella casa porque él tenía sueño y no quería conducir en ese estado, con lo cual le tocaría al bajista hacer de chofer. Sin opción a réplica nos despedimos de los allí congregados y partimos rumbo a nuestra morada a las afueras de la ciudad.

 

*        *        *

 

Unos leves toques en mi puerta me distrajeron de mi lectura.

- ¿Se puede? - preguntó Dougie entrando en mi cuarto - Hay una carta para ti.

- ¿Para mí? - me incorporé en la cama y tomé el sobre que me tendía - ¿De quién? Si no conozco a nadie aquí a parte de vosotros.

- No lo sé, estaba encima de la mesa de la cocina.

- Ahm. Pues gracias.

- No hay de qué - sonrió y antes de volverse hacia la puerta dijo - Buenas noches.

- Espera - le detuve. No sé porqué dije eso pero desde que hablé con él esa mañana sentía que debía solucionar una cosa y no quería dejarlo pasar más tiempo - ¿Podemos hablar? - dije antes de que se fuese.

- Claro.

Le invité a sentarse, acercó el cojín enorme que actuaba como sillón hinchable a mi cama y esperó a que yo empezase a hablar.

 

CAPÍTULO 9

Antes de nada, tengo que decirlo: capítulo dedicado a Angie, porque es un amor de niña y ha conseguido hacerme sonreír. ¡Gracias pequeñaja! ^^

 

CAPÍTULO 9: I´M WALKIN´ ON SUNSHINE... (8)


Al día siguiente, martes, decidí tomarle la palabra a Harry y abandoné la madriguera después de casi tres semanas (el tiempo que llevaba allí), lanzándome a la aventura de callejear por una ciudad que ya apenas recordaba, pese a la "visita turística" del segundo día, que tampoco sirvió de mucho. Como decía, salí de casa a eso de las dos de la tarde, sin otra compañía que mi móvil y la música del reproductor, que sonaba a un volumen ni muy elevado como para no escuchar lo que ocurría a mi alrededor - y arriesgarme a ser atropellada - ni muy bajita como para no enterarme de ella; cogí un poco de dinero que me dejó Harry en la cocina junto a una escueta nota que decía:


"Estamos en el estudio, seguramente volvamos tarde. Te he dejado algo de dinero por si te apetece salir".

H.


Caminé en busca de una parada de autobús que me acercase al centro para así poder conocer la ciudad en todo su esplendor, la parte neurálgica, donde se concentraban todos los comercios (grandes y pequeños), cafeterías y demás negocios que puedas imaginar.


¿Sabéis cuál es la mejor forma para conocer una ciudad? Dejarse perder entre sus calles, observando detenidamente el ambiente de cada sitio, la gente que se reúne en plazas y terrazas... Así que ahí estaba yo, sentada en el césped de un parquecito pequeño que encontré, mirándolo todo como si fuese una cámara de vigilancia e inventando la vida de la gente que pasaba... y esquivando algún que otro frishbee que fue a parar a mi cabeza en más de una ocasión.

Minutos después de llegar allí recordé que apenas había comido nada desde que me había levantado (un vaso de leche y rosquillas), hacía una hora o más, por lo que salí en busca y captura de la cafetería más cercana que hubiese; encontré una en casi cada esquina de la calle y lo tomé como una señal de que debía entrar en alguna, como si me llamasen incitándome a entrar. También vi algún que otro Starbucks, pero eso decidí dejarlo para otra ocasión. Pedí lo primero que vi en la carta y minutos después me lo sirvieron en una mesa típica de película de Hollywod junto a uno gran ventanal.


Degusté mi desayuno-comida sin prisas, tampoco tenía nada que hacer en todo el día. Pagué y volví a reemprender mi marcha por las soleadas calles de Londres, la temperatura era agradable y el hecho de poder disfrutar un rato del sol me levantaba el ánimo. Hubo un momento en qué no presté atención por donde pisaba pues estaba más concentrada en desenredar mis auriculares *maldito duende cabrón que se esconde en los bolsillos y enreda los cables* y pasó lo que tenía que pasar: acabé chocando con alguien por no mirar. Ese alguien andaba apurado, con lo cual y debido al choque, perdió un poco el equilibrio y no acabó besando el suelo de milagro; lo que sí acabó en el suelo fueron los papeles que intentaba guardar en una carpeta que llevaba en las manos, la cual también terminó en el mismo sitio.

- ¡ups! lo siento - se disculpó.


*¿De donde ha salido? Si hace un momento no había nadie...*


- No importa, si la culpa es mía por mirar por donde voy - respondí con ironía, ayudándole a recoger el estropicio que yo había causado.

- Si es que tendría que haber cogido el metro - hablaba más para él mismo pero de igual modo le escuché.


Me permití el atrevimiento de echar un vistazo a lo que fuese que intentaba guardar y no se trataban de simples apuntes de estudiante, que era lo que ese chico parecía. Eran bocetos, algo así como el paso previo a la creación de un cómic o historieta corta, en blanco y negro y bastante bien hechos. Apenas estuvimos "juntos" unos minutos, los suficientes como para fijarme en aquel joven cuya edad no debía superar en mucho a la mía. No pude evitar formarme una idea también sobre él: tenía que ser artista, el típico chico independiente que vive en un estudio pequeño en algún lugar del centro y cuya vida social gira en torno a sus propias creaciones. Además, vestía de forma sencilla (vaqueros desgastados, camiseta básica y chaleco negro; le faltaba el sombrero), lo que no hacía sino refutar lo que yo pensaba de él. Precisamente esa sencillez era lo que le confería ese aspecto atractivo, en parte también se debía a que la naturaleza había sido generosa con él: tenía un rostro elegante, labios carnosos y nariz refinada y respingona que le aportaba un toque aniñado. Unos rebeldes rizos castaños que caían sobre sus ojos, de un profundo tono azul grisáceo, y una ligera barba aportaban el toque definitivo para acentuar aún más ese aire de antiguo poeta romántico.

Devolvió todos los dibujos a su sitio y, tras disculparse de nuevo por el encontronazo, prosiguió su andadura en sentido contrario al mío, dirigiéndose a la otra punta de Londres.


Después de ese encuentro continué con mi paseo por calles que no conocía, dejándome llevar por lo que encontraba a mi paso. Entre tiendas de música, puestos de comida ambulante y de libros antiguos, la tarde se pasó volada y cuando quise darme cuenta el sol ya se ocultaba tras los edificios, llevándose con él aquel curioso y fructífero día en el que no hice gran cosa, por lo que decidí regresar a casa antes de que acabase por perderme pues una cosa era perderse de día y otra muy distinta era hacerlo de noche.


*        *        *


Llegué a mi destino un cuarto de hora después y ¿cual fue mi sorpresa al querer entrar? Que no tenía llaves. Culparía a Harry de ello por no haberme dado un juego cuando llegué pero yo tampoco se las pedí así que... Llamé repetidas veces al timbre, para ver si por un casual hubiese alguien dentro, recordando al segundo siguiente la nota que había esta mañana sobre la encimera, con lo cual tenía dos opciones: esperar a que llegasen o... o esperar a que llegasen, si es que no había de otra. Empecé a maldecir en arameo por mi buena suerte... Bueno, igual había alguna llave escondida en las macetas o bajo el felpudo pero... allí no había ni macetas ni felpudo.


*Nota mental: obligar a Haz que ponga un felpudo*


Probé también a llamarle al móvil pero debía tenerlo apagado pues no respondió pese a que lo intenté en varias ocasiones, todas con el mismo resultado: ninguno. Me senté en los escalones del porche de la entrada para no estar dando vueltas por el jardín mientras saboreaba la napolitana de crema que me había comprado aquella tarde; saqué el teléfono y volví a marcar el número del batería y de nuevo la misma máquina programada advirtiendo que "el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. Por favor, deje su mensaje después de oír la señal" y colgué tras el "piiiiiii".


Los minutos pasaban y por allí no aparecía nadie. Para más inri, mi móvil tenía poca batería y amenazaba con apagarse de un momento a otro, a lo cual se añadió el hecho de que el teléfono de casa hacía tiempo que había empezado a sonar esperando que alguien atendiese. Dos horas y siete niveles del tetris más tarde, escuché las llantas de un coche detenerse frente a la puerta del jardín y acto seguido, unas voces que cada día me resultaban más familiares. Dos figuras atravesaron la verja de la entrada y se acercaron a mi posición; me atrevería a decir que llegaban un tanto "contentos" (cosa que me extrañó pues solamente eran las diez de la noche) y que no se debía precisamente a la buena marcha de las grabaciones.

- ¡Hostia Harry! A ver si pasamos el cortacésped, te están creciendo enanos en el jardín - dijo la primera figura al pasar a mi lado, despeinándome con su enorme manaza.

- ¡Coño, es verdad! - ese era Harry, que decidió seguirle la gracia al pecoso - Mira, si además saben usar un móvil. Esto hay que inmortalizarlo.


Dicho y hecho, sacó el iPhone del bolsillo y apretó el botón, seguramente mi cara no era la más adecuada para salir en una foto pero no me hizo ni pizca de gracia la broma de los ´enanos´.

- No sois más idiotas porque no tenéis más tiempo... - me quejé.

- ¡Uy que miedo, el gnomo se ha enfadado! - Danny seguía con la bromita y Harry se reía con ella.

- ¡Idos a la mierda los dos!

- ¿A que te dejo fuera, por lista? - Harry ya había entrado y se disponía a cerrarme la puerta en las narices pero fui rápida y me colé.

- ¡Pecas, deja de reírte! - espeté. Danny seguía riéndose, como si estuviese él solo en casa, su risa retumbaba contra las paredes.

- Eso tío, deja de reírte que la enana se enfada - se jactó el batería, e imitó al guitarrista en su asalto a la nevera. Decidí pasar de ellos.

- ¿Se puede saber de donde venís? - cambié de tema, yendo al salón para revisar los mensajes del teléfono.

- Del estudio - dijeron al unísono y Danny añadió - haciendo escala en un local que han abierto por allí cerca.

- Ya me parecía a mí... - murmuré.


Estuve escuchando los mensajes, tres, todos del mismo número. Una voz femenina, algo aguda pero firme preguntaba por Dougie.

- ¿HA LLAMADO ALGUIEN? - preguntó el moreno desde la cocina, a voces.

- ¡SI! - respondí en el mismo tono.

- ¿QUIÉN?

- ¡UNA CHICA... PREGUNTA POR DOUGIE! - escuché una carcajada de Danny, al parecer le resultaba gracioso que una chica preguntase por el enano.

- ¿Y QUÉ DICE?

- ¿CÓMO QUIERES QUE LO SEPA SI NO TE CALLAS?


Escuché los mensajes por segunda vez pero todos venían a decir lo mismo: preguntaba por Dougie y le recordaba no sé que de unas cajas para terminar de empaquetar, y que urgía para mañana. Le relaté el contenido de los mensajes a los dos payasos de feria que tenía por amigo y primo, respectivamente, los cuales estaban sentados cada uno en un sitio distinto de la encimera, charlando distendidamente. Rebusqué algo comestible para cenar en una nevera donde lo que abundaban era las bebidas frías y un trozo de pizza del año la tana. Pensé en pedir algo y, tras consultar con ellos qué les apetecía (me dejaron escoger), tomé el teléfono e hice el pedido: comida rápida, que de rápida no tenía nada porque tardaban un mundo y medio en repartirla.


- ¡Mira! - dijo Danny cuando colgué el teléfono y pasé junto a él para coger los platos - ahora eres incluso más bajita que antes - el pobre se sentía poderoso desde su lugar en la encimera, veinte centímetros por encima de mi. Le respondí, intentando reventarle la ilusión.

- ¡¿Quieres dejar de meterte con mi estatura, coño?! Te recuerdo que tu novia es más alta que tú. ¡Y sin tacones!

- ¡JAAAAA! - Harry le señaló muy educadamente con un dedo al decirlo - Eso es un "¡zas en toda la boca!" en toda regla - ahora éramos nosotros quienes nos metíamos con Danny, pero no caía en nuestras provocaciones y así el juego perdía la gracia.

- Bah, me da igual lo que digáis. Avisadme cuando llegue la cena - dijo y desapareció en dirección al piso de arriba, auto invitándose a quedarse a dormir aquí; subía las escaleras cantando con su peculiar acento y cambiando la letra a su antojo - "I don´t give a damn ´bout my reputation. You´re living in the past is a new generation. A man can do what he wants to do and that´s what I´m gonna do..."

 

*        *        *


- Así que una chica preguntaba por Dougie - dijo Harry.


Danny, él y yo estábamos cenando en el salón, tirados en el suelo, en pijama y viendo cualquier tontería en la tele.

- Ajam. Decía que necesitaba unas cajas grandes que le hacen falta para mañana... - respondí.

- Una chica... - Haz se quedó pensativo un momento y el de Bolton habló por él.

- Pues como no sea Cassie para que le ayude con la mudanza...


*¿Mudanza? ¿Qué mudanza?*


- ¿Qué mudanza? - quise saber, igual era Dougie quien se mudaba y me dejaba el baño para mí sola (xD) *no caerá esa breva* - ¿Acaso el enano se ha hecho mayor y se va de casa?

- Jajajaja. Claro que no, es ella quien se muda y le ha pedido a Dougie que le ayude - explicó Harry, con la boca llena.

Aparté la mirada de la tele y le miré para ver si estaba de broma, pero no, hablaba en serio.

- ¿A Dougie? - pregunté - ¿Que le ayude Dougie a cargar cajas? ¿Pero va a poder?

- No subestimes al lagarto, ahí donde lo ves es un manitas.

- ¿Por que lo rompe todo o que? - no quería ser cruel pero imaginarme a Dougie cargando y descargando cajas y cosas por el estilo me resultaba un tanto cómico. Me gustaría verle haciéndolo.

- Pobre, no seas cruel, bastante tiene con aguantarla - defendió Danny. No supe a qué se había referido pero lo dijo como si no se llevasen muy bien.

- ¿Por qué dices eso? ¿Acaso no se llevan bien?

- No sé, hay algo que no encaja entre ellos... - Dan guardó silencio, y me pareció que no les agradaba el tema, por la forma en que le cortó Harry.

- Pero no somos quienes para hablar de eso - dijo este, reprendiendo a su amigo con la mirada y luego pasó a mí - Por cierto, ¿se puede saber qué hacías ahí fuera?

- Pues que no podía entrar porque alguien, Y NO MIRO A NADIE - taladré al drummer con la mirada aposta, pinchándole en los costados con un dedo - se olvidó darme una copia de las llaves.

- Vale, vale - rió. Consiguió atrapar mis muñecas y, con un ágil movimiento, en dos segundos estaba presa entre sus fuertes brazos - pero tú tampoco me las pediste. Prometo que mañana tendrás tu juego correspondiente.

- Eso espero - intente mirarle mal pero puso caras raras y los tres estallamos en carcajadas.


Conseguí zafarme de él y terminamos de cenar, en relativa calma pues a cada rato se les ocurría un chiste distinto y me hacían de reír, pero de lo malos que eran. Aún así, echaba de menos este tipo de momentos con Harry, esos que siempre acababan en risas sin importar lo que pasase después. Carpe diem" dice el dicho.


Después de un rato más de bromas y una pequeña guerra de comida que se originó con las migas del pastel que había de postre, recogimos el salón y Harry subió a dormir, alegando que al día siguiente debían levantarse pronto. Yo me quedé en el sofá viendo una película en la tele, con Danny a mi lado.

- ¿No subes a dormir? - pregunté.

- No me apetece - fue toda respuesta por su parte, antes de acomodarse en el sofá, con la cabeza apoyada en el reposabrazos y los pies en el respaldo. Una postura muy cómoda y adecuada para hacer la digestión, sí señor.


Apenas prestamos atención a lo que daban en la tele pues nos dedicábamos a incordiar al otro, ya fuese haciéndonos cosquillas o estampándonos algún que otro cojín en la cara. Esto último dio inicio a una pequeña guerra de cojines que acabó cuando Danny casi se cae del sofá y, dado que sí o sí iba a acabar en el suelo, decidió dejarse caer en él. Ambos terminamos riendo y llorando a la vez como dos idiotas. Cuando conseguimos recobrar la compostura - no sin mucho esfuerzo - volvimos al sofá e, ignorando el murmullo del televisor y casi sin pretenderlo, nos enfrascamos en una conversación al principio superflua pero que se alargó hasta bien entrada la madrugada. La última vez que miré el reloj de pared, las manecillas marcaban las cuatro menos veinte. Minutos después no se oía más que nuestras respiraciones acompasadas.

 

 

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Eh, eh, eeeehhh!!! No os quejaréis, que es larguito y no he tardado más que un mes en subir... Ya sabéis, comentarios (preferiblemente), manitas y esas cositas que tanto animan a seguir con cacotas como estas ^.^

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